lunes, 18 de enero de 2010

Veloz viaje a La Cartuja. Línea 25
















El primer intento de salida por la mañana ha resultado frustrado. Después de tomarme el "desayuno" de un plátano y tomar las "provisiones" de dos naranjas para comérmelas por el camino, ya casi cerca del Paseo de la Ribera me he dado cuenta de que no me había cogido el monedero ni tampoco el reloj. Sin reloj puedo pasar (he pensado) pero sin el bonobús y sin dinero no voy a poder viajar.

He regresado a casa y tomado ambos objetos. He salido de nuevo pero ha sido necesario pasar por la papelería "El tronco" en la calle Pascuala Perié para recargar el bonobús. Consecuentemente también he variado el recorrido inicial y me he encaminado por la Avenida Puente del Pilar, pasando por el Puente de Hierro.

La vista del Ebro con su caudal muy crecido nunca me deja indiferente y esta vez no ha sido para menos. Los patos se han tenido que refugiar en las nuevas orillas trazadas por el río tras la crecida. La vista de algunas vainas de algarrobo flotando en el agua me han traído a la mente la idea de la propagación de algunas plantas gracias al arrastre de sus semillas aguas abajo.

He continuado mi camino por Echegaray y Caballero, para luego subir por Cesar Augusto, cruzar Conde Aranda, pasar por el Hotel Palafox (donde por cierto, he observado que, a su lado, han ubicado el casino de Zaragoza), calle Bilbao y finalmente Paseo Pamplona. Ayer confirmé en Internet que el final-comienzo de línea estaba ubicado en esta calle y, viendo ya la parada, me he dispuesto a esperar el autobús muy cerca de la Puerta del Carmen.

He tomado varias fotos de la parada con mi nuevo móvil con el que estoy más contento que un niño (de los de antes) con unas castañuelas. He aprovechado la espera para tantear un poco las funciones del innovador aparato y, cuando finalmente ha llegado el bus, el conductor me ha comunicado muy amablemente que la parada para ir en dirección a la Cartuja estaba en esa misma calle, pero enfrente. "Pues si que estoy hoy inspirado" -he pensado- así que he cruzado el Paseo Pamplona y me he dispuesto a esperar el bus en la dirección correcta.

No ha tardado mucho en llegar y junto a otras dos personas he accedido al interior del vehículo. Entonces eran las 11 de la mañana.

El bus ha partido como una exalación y, casi sin darme cuenta, ya me encontraba en la Carretera Castellón. Recordemos que La Cartuja es un barrio rural de Zaragoza que se encuentra a unos 5 kilómetros del centro de la ciudad.

Sólo el elevado volumen de voz y las risotadas de una joven que iba hablando constantemente por el móvil han alterado en algún momento mi concentración en el recorrido del autobús, de tal manera que al llegar al pueblo estaba deseando bajarme para recuperar de nuevo el silencio y el sosiego. Entonces eran las 11:16. He invertido, por tanto, un cuarto de hora, más o menos para realizar el recorrido.

He deambulado por las calles del barrio y no se veía mucha gente transitar. La vista de la torre de la iglesia me ha servido de referencia para intentar aclarar cuanto antes la hora de comienzo de la misa, pero los trámites han tenido que alargarse al constatar que se están realizando trabajos de restauración de la iglesia y que el templo estaba cerrado.

Caminando de nuevo por las desiertas calles, he pasado por varios emplazamientos que recuerdan al visitante que allí estuvo emplazado el monasterio de la Inmaculada Concepción durante los siglos XVII y XVIII hasta que en 1835-36 se produjo el abandono del mismo por parte de los monjes debido a la desamortizacion de Mendizábal. El claustro del monasterio, con sus 36 celdas, fue en aquella época el más grande de España.

Iba yo caminando por una hilera de arcadas sólo visibles en su arranque cuando he avistado a una señora que caminaba con su (creo) nieta. Le he preguntado dónde se celebraba la misa y con mucha precisión me ha indicado que él evento tendría lugar o bien en el pabellón (cuya entrada estaba salpicada de latas y botellas de cerveza y todo tipo de residuos de un supuesto botellón de la noche anterior) o bien en la capilla. "Yo creo que será en la capilla" le he sugerido. No creo que en las condiciones que se encuentra el pabellón vayan a celebrar la misa allí.

"Pues entonces vaya por la Avenida de los Plátanos y casi enfrente del bar Atalaya se encuentra la capilla"

Allí me he dirigido y he constatado que la misa comenzaba a las 12:30. Como eran las 11:35, todavía disponía casi de una hora para hacer lo que quisiera.

Desde el final de la Avenida de los Platanos se veían los campos de alfalfa y el Ebro en lontananza. He recordado otras ocasiones en las que pasé por allí y he decidido encaminarme hasta el "Puente salchicha" construído con motivo de la Expo para pasar desde La Cartuja hacia Pastriz. En mi recorrido hasta el puente he podido observar dos garzas blancas y un grupo de cigüeñas que picoteaban de aquí para allá en los campos.

He llegado hasta el puente salchicha y he tomado varias fotos pues el caudal de agua todavía era más impresionante en ese punto. También me ha llamado la atención el sonido amenazante del agua embravecida al pasar por el puente. Ha sido un paseo muy agradable de una media hora entre la ida y la vuelta. Al retornar de nuevo al pueblo me iba debatiendo entre tomarme un café con leche (que era lo que me pedía el cuerpo) o un te con limón (eso era lo que me decía la lógica digestiva mañanera). He repasado mentalmente los argumentos que me sugerían tomar una u otra decisión y al final, la opción del café con leche y el donut ha salido victoriosa. La argumentación ha sido muy elemental: ¿por qué privarme de algo que me apetece?. Un segundo argumento consolidaba el primero al afirmar: -Me lo merezco, después de la caminata que me he dado-

Al pasar al interior del bar "La Atalaya" lo que más me ha llamado la atención han sido las banderillas tan buenas dispuestas estratégicamente en el mostrador. Sin embargo, fiel a mi decisión anterior, he pedido lo que había acordado conmigo mismo. El dónut no ha podido ser porque no tenían pero a cambio he solicitado a la camarera que me pusiera dos churros de un montón que parecía tener buena pinta.

Por no extenderme demasiado diré que la camarera no destacaba por su especial amabilidad pero tampoco era antipática. Una señora muy metida en su rol que con bastante celeridad iba sirviendo lo que los clientes demandaban.

Para hacer tiempo me he entretenido atacando tres frentes al mismo tiempo: en la tele ubicada frente a mi ponían un interesante documental sobre una isla del Pacífico y la abundancia de marisco en sus aguas, en la pantalla trasera, un documental de la sexta sobre la construcción de un edificio en Shangai y, finalmente (y ya es una constante en mis visitas a los bares), una mamá joven leyendo El Heraldo y dejándome con la incertidumbre de averiguar si era suyo o del bar. El misterio no lo he podido resolver porque ya quedaban pocos minutos para empezar la misa; así que he pagado y he salido con la resolución de entrar en la capilla.

No más de 35 personas estaban ya sentadas en los bancos y un señor nos ha sugerido que mientras llegaba el sacerdote (que venía de oficiar misa en Valmadrid) fuéramos entonando cánticos litúrgicos apoyados en una libreta plastificada con sus páginas numeradas. He repasado con el improvisado coro varios cánticos de nueva redacción y, finalmente un sonriente y joven sacerdote ha llegado para celebrar la eucaristía.

Además de su juvenil sonrisa, me ha llamado la atención su peculiar gesticulación a lo Mister Bean y el entusiasmo y alto volumen de su voz al dirigirse a los fieles. Esta observación me ha llevado a la reflexión de que al igual que en otras empresas, en la iglesia católica no estaría de más seleccionar al nuevo clero en función de su preparación teológica pero también de sus aptitudes y rasgos de personalidad.

El sacerdote ha oficiado la misa cual de una representación teatral se tratara. Para mi gusto con mucho acierto y convicción y con un lenguaje sencillo que, creo, llegaba a los fieles y, especialmente a un grupito de 10 u 11 niños sentados en los bancos delanteros. Tenía curiosidad por ver su desempeño en la homilía y debo decir que, en líneas generales ha superado el reto con amplitud aunque en la parte final del sermón el mensaje ha quedado un poco desdibujado, bien es cierto que combinar la tragedia de Haití con el milagro de la bodas de Canaan y con que todo ello es obra de Dios ha requerido de un notable retorcimiento argumental para poder encajar las piezas de tan complicado puzzle.

Cada cura tiene su personalidad y sus maneras de actuar y, en este caso, es la primera vez que veo escenificar la conversión del agua en vino llenando el mosen unos vasitos con agua de Lunares. Si además el resultado final hubiera sido un tintado del agua (aunque hubiera tenido que echar mano de algún truquillo casero), el triunfo del joven cura hubiera sido apoteósico. Pero el milagro no se ha producido y, ya desarrollado el nudo de la homilía, he decidido salir pitando para tomar el bus de vuelta ya que se me hacía un poco tarde.

Para evitar confusiones con el inicio y el final de parada, he preguntado a unos señores que me han indicado dónde se ubicaba el verdadero comienzo de la línea dirección Zaragoza.

El bus no ha tardado mucho en llegar. De nuevo he tomado un asiento preferente al ser de los primeros en subir y dado el escaso número de viajeros. Al llegar a la Avenida de las Torres me he apeado y he tomado el circular 2 que me ha llevado de vuelta a casa.

Al apearme del bus una vez pasado el Puente de la Unión, de nuevo tenía la impresión de regresar de un largo viaje que había durado varios días. Reitero de nuevo que salir de la rutina diaria y explorar nuevas posibilidades de ocio conlleva entrar en otra dimensión temporal. Mi mente estaba relajada, mis pensamientos discurrían por itinerarios positivos y ya tenía ganas de comer. "Esta tarde leeré El País y luego escribiré en el blog". La vida recuperaba un agradable tono de normalidad. Yo estaba contento. ¿Qué más puedo pedir?

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